Cuando se hizo con el poder, el presidente Michel Temer dijo que no le importaba su “popularidad”. Para él se trataba de pasar a la historia como el jefe de Estado que “hizo las cosas bien”. Pues la última encuesta, publicada ayer, de la consultora Ibope muestra que ni siquiera cumplió ese objetivo. De otro modo, no podría explicarse que 77% de los brasileños considere que el mandatario es “malo o pésimo”; un 16% lo califique de “regular” y tan solo 3% lo vea como “óptimo”. El sondeo fue elaborado por encargo de la poderosa Confederación Nacional de la Industria brasileña.

Es ese desgaste de su figura lo que llevó hace unos días a Rubens Ricupero, un prestigioso diplomático e intelectual, a sentenciar: “Nadie quiere sacarse una foto con él”.

Lejos de mejorar su hándicap, el brasileño no ha hecho más que batir sus propios récords negativos. En julio, la penúltima medición de la encuestadora revelaba una postura ligeramente mejor a la actual. Por entonces, tenía todavía 5 por ciento de imagen positiva. Y el rechazo era menor: 70 por ciento. ¿Qué cambió en el escenario para producir semejante nuevo retroceso? En parte, la aparición de una segunda denuncia contra el presidente de Brasil que dejó casi explícita su participación en acciones delictivas que no condicen con su cargo: corrupción y obstrucción de la justicia.

La investigación de Ibope arrojó resultados que confirman esa premisa: 23% recordó precisamente los casos en los que el jefe de Estado está involucrado –lo que es significativo para un país donde el ciudadano no está tan apegado a las noticias–. Otro 11% fue más específico: aludió al Lava Jato, el gran caso de corrupción en torno a la obra pública la petrolera Petrobras en la que estuvo comprometido el grupo Odebrecht. Y 7% rememoró con precisión el episodio vivido por uno de los ex ministros de Temer, Geddel Vieira Lima: días atrás la policía federal descubrió que en su oficina estaban guardados en valijas 51 millones de reales (o sea, más de 16 millones de dólares).

Hay otro dato revelador en esa consulta realizada en un muestreo de 2.000 personas. La enorme mayoría de los encuestados considera que el gobierno de Temer “es peor que el de Dilma”. La ex presidenta Rousseff perdió el cargo en forma definitiva el 31 de agosto del año pasado y fue por cuenta de un impeachment, que se basó en presuntas “irregularidades” en cálculos administrativos. Nadie, hasta ahora, pudo acusar a esta mujer de haber cometido delitos que justificaran apartarla del Palacio del Planalto. Por el contrario, su sucesor Temer –que fue su vice en el primer mandato y continuó por año y medio en esa función durante el segundo período—tuvo capacidad de juntar las cabezas, mediante negociaciones poco transparentes, de los diputados que debieron votar el 2 de agosto si permitían o no que la Corte Suprema investigara al mandatario. Obviamente, promesas y realidades de por medio, la Cámara Baja le dio el respaldo que precisaba para impedir la acción judicial.

Ahora se viene la segunda etapa, donde el rito se repetirá: una vez más, los parlamentarios tendrán que decir si dan lugar a que el Supremo Tribunal Federal indague si el presidente cometió delitos. Renato de Fonseca, gerente ejecutivo de la CNI (Confederación Nacional de la Industria) –el organismo que pidió a Ibope la confección del estudio—evaluó los factores que influenciaron en la nueva caída de la “popularidad” del impopular Temer. “En este momento tiene dos componentes: la corrupción y la cuestión económica”.

Juzgó, sin embargo, que pudo haber influido un tercer elemento: una decisión del gobierno brasileño de extinguir una reserva amazónica de cuatro millones de hectáreas para utilizarla en labores de minería. La historia produjo tal reacción negativa que, finalmente, el gobierno se vio obligado esta semana a revisar su decreto. No fue una porción menor la que mencionó el caso: 5 por ciento de los encuestados lo recordó.